miércoles, 19 de agosto de 2009

Diario de ciudad o bitácora de viaje

CUADERNOS DE KABUL

RAMÓN LOBO


Kabul 11/08/2009
El tráfico
El enviado especial de EL PAÍS inicia su diario de campaña para las elecciones presidenciales en Afganistán

La capital de un país acostumbrado a las guerras es una ciudad sucia y caótica tomada por el tráfico y los bocinazos. Se nota que no existe la costumbre de seguir las normas porque nadie respeta las escasas señales que quedaron en pie ni las direcciones únicas. El deporte nacional en el centro de Kabul es torearse los unos a los otros a bordo de unos coches desvencijados sin colisionar ni derribar a ciclistas y peatones. Es agosto y el calor resulta denso y seco. Pesa. No hay industrias pero en el aire flotan partículas procedentes de alguna contaminación mal digerida y de los coches que escupen vejez por los tubos de escape. Algunos llevan el volante a la izquierda, como en España; otros, a la derecha, como el Reino Unido. Es su sello de procedencia: Pakistán, donde el Imperio británico dejó legados culturales tan rentables como un parque automovilístico cautivo para su industria nacional.
El aterrizaje es espectacular, enmarcado por enormes montañas que parecen plegadas en una maqueta de cartón piedra. El avión se mueve entre ellas, como si jugara. Al fondo, el imponente Hindu Kush nevado, una cordillera que atraviesa el país con elevaciones por encima de los 7.000 metros. Qué belleza generan los lugares donde no llegan las balas, la ambición ni la guerra de los hombres.
El aeropuerto, rehabilitado con donaciones procedentes de Japón, es pequeño y limpio. Hay muchos policías en actitud ociosa. Alguno lleva chanclas. Tres agentes abruman entre risas de macho a tres azafatas con la excusa de unos formalismos no cumplidos. Si de su disposición dependiera la guerra con los talibanes, la derrota sería inapelable y rápida.
Tras pasar el control de pasaportes hay que inscribirse en un registro de extranjeros. Es para los periodistas que llegan para cubrir las elecciones. Piden dos fotos a cambio de un carné. No cobran dinero. Debe ser la inocencia.
En Afganistán gustan mucho los papeles y las fotos de carné. Lo primero es herencia del comunismo y su obsesión por el control absoluto. Las fotografías son parte del progreso en el mundo de la imagen. Se exigen para casi todo; también para vender una tarjeta para el teléfono móvil.
El hotel es pequeño, una guest house. Parece discreto y con precio que se ajusta a las exigencias de la crisis. Está lejos de los fortines de cinco estrellas tomados por los contratistas, uno de los posibles objetivos de los talibanes. El primer día es importante ser cauto y dedicar tiempo a informarse, a tomar las medidas y garantizarse un buen guía-traductor. Kabul, pese a su fama de violenta, parece una ciudad segura. Más allá de esta burbuja habitada por militares de la OTAN, funcionarios de la ONU, diplomáticos, empresarios, espías y decenas, si no cientos, de ONG y agencias humanitarias, está la guerra, el enemigo real e invisible, el peligro. Las ciudades como Kabul, Herat, Mazar-i-Sharif son islas fortificadas frente a un mar de tiburones. Hay 101.000 soldados extranjeros para un territorio que supera los 600.000 kilómetros cuadrados. Una empresa de vigilancia imposible.
Decía José Carlos Rodríguez Soto, un misionero que conocí en el norte de Uganda, que la paz que permanece es la que se logra con la negociación y no mediante la fuerza. Para entender las dificultades culturales en Afganistán, les recomiendo ver (o volver a ver) una película soberbia: El hombre que quiso reinar (The man who would be King) de John Huston. Está basada en una novela de Rudyard Kipling y cuenta con dos grandes interpretaciones de Sean Connery y Michael Caine.


Kabul 12/08/2009
La seguridad y el miedo
Quien inventó el miedo inventó el negocio. Y la guerra es uno de los mejores para los que no hacen cuentas con la conciencia. Kabul, como antes Bagdad, se está llenando de guardias privados armados hasta los ojos (exhiben gafas de sol antibalas, o eso dice el prospecto), muros de hormigón, barreras de seguridad, mojones rellenos de cemento y toda suerte de artilugios contra el coche bomba y el talibán suicida. Protegen embajadas, centros de la ONU, ministerios afganos y cualquier vivienda y negocio público o privado que tenga pedigrí para ser atacado. El pánico se desató en julio de 2008, tras el atentado contra la legación de India en el que murieron más de 40 personas, y no parece ceder.
Al caótico y ruidoso tráfico kabulí no le sientan bien las calles cortadas por sorpresa ni los cierres a la circulación para garantizar el tránsito sin sobresaltos de alguna autoridad embutida en un convoy de sirenas. Los decibelios miden el prestigio, pero también son una señal perfecta para los malos, que aguardan una oportunidad para golpear. Tanto trasiego y arbitrariedad exaspera a los civiles, que meten a todos en el mismo saco.
Los diplomáticos y el personal humanitario viven en una burbuja dentro de la burbuja que es Kabul, una isla varada en medio de un país en guerra. Sus expertos de seguridad les han impuesto un toque de queda y limitado tanto los movimientos que no pueden salir solos ni pasear por la calle. Hay zonas para la excepción, como Chicken Street, donde se agolpan las tiendas de postín (por decir algo), que en la paz serían las típicas para turistas.
Escasos son los lugares cien por cien seguros y demasiados los extranjeros aburridos con ganas de farra tras una tediosa jornada laboral. Su concentración en pocas salas es una invitación al enemigo, como el ulular de las sirenas de las caravanas vip. Los talibanes ya han señalado a uno: el disco bar Atmosfer. Al parecer, un antro de perdición. Habrá que ir.
La mayoría de los periodistas que carecen de asesores de seguridad se mueven con bastante libertad y sin sensación de riesgo aparente durante el día. Cada uno, aconsejado por su intérprete-chófer, se limita a aplicar el sentido común. Los guías se saludan entre ellos con una sonrisa de oreja a oreja. Es el maná de dólares que les ha traído la democracia (perdón, las elecciones del 20 de agosto) lo que les pone contentos. En un país tan pobre hacen cuentas de rico.
Los restaurantes de comida popular, con sus pinchos de cordero y arroz con pasas, se empiezan a poblar de informadores extranjeros armados con libretas (las cámaras de televisión y fotografía siempre son un problema para el disimulo). La gente es muy amable. Los de más edad son ceremoniosos y saludan al extranjero con una leve inclinación de cabeza y la mano derecha junto al corazón. Los jóvenes, curiosean y sonríen. Nadie pregunta por el origen de la carne ni por las condiciones de salubridad. En Afganistán están acostumbrados a morirse de todo antes de que les llegue la gripe A.
Aunque el blanco es sólo un extranjero, sin más adjetivos ni nacionalidades, las conversaciones conducen a la confianza y ésta al interés: ¿Australiano?, pregunta el dueño del restaurante. "No, de España". El hombre pone los ojos en blanco, como si rebuscara en el disco duro de su memoria inundada de guerras y desgracias, y exclama feliz: "¡Barcelona! Kaká".


Kabul 13/08/2009
Desagradable recordatorio para los testigos de la guerra
El enviado especial de EL PAÍS habla del atentado sufrido por el fotógrafo Emilio Morenatti y las formas de trabajar de un periodista en un conflicto armado

La noticia del atentado sufrido por el fotógrafo Emilio Morenatti y el camarógrafo indonesio Andi Jatmiko en una carretera de Kandahar ha conmocionado a la creciente colonia de periodistas en Kabul. Estas cosas siempre son un desagradable recordatorio, como cuando se hunde un pesquero o se produce la explosión en una mina. Cada profesión tiene sus miedos y sus fantasmas.
Morenatti ha perdido un pie, pero no las ganas: era él quien animaba a su mujer, Marta Ramoneda, tan fotógrafa como él, en una conversación telefónica poco antes de su evacuación a Dubai. Su empresa, Associated Press (AP), ha anunciado que no escatimará en su recuperación y que Emilio tendrá acceso al mejor tratamiento ortopédico. Hace bien AP, pues necesita de grandes reporteros en tiempos en los que no sobra el talento. Mejorar la sensibilidad ha costado varias desgracias. Ocho entre los españoles: Juantxu Rodríguez (Panamá), Jordi Pujol (Bosnia-Herzegovina), Luis Valtueña (República Democrática de Congo), Miguel Gil (Sierra Leona), Julio Fuentes (Afganistán), Julio Anguita Parrado (Irak), José Couso (Irak) y Ricardo Ortega (Haití).
Hay tres formas de estar en una guerra como periodista: por libre, empotrado con uno de los combatientes y en un hotel bebiendo whisky y zapeando por las televisiones globales. De estos hay poco que decir. De los que pisan la calle, todo; los plumillas buscan historias y los fotógrafos y camarógrafos, imágenes. No hay otra opción. Pero nadie, ni los que van por su cuenta ni los que viajan con una parte, que también son libres, tienen acceso a la película completa. Solo hay que ser honesto y reconocer las limitaciones.
Siempre han existido empotrados. Algunos, como Ernie Pyle, escribieron crónicas maravillosas en la II Guerra Mundial, y dejaron frases que son el resumen exacto de lo que significa este oficio: "Yo no sé nada de la gran película, sólo veo a soldados cansados y sucios que están vivos y tienen miedo a morir", escribía en Brave Men.
Cada guerra tiene sus héroes. A veces son soldados; las más, civiles, y el trabajo de gente como Morenatti es estar allí. Ser testigo. Aunque cueste.
En Irak, y sobre todo en Afganistán, donde las condiciones de seguridad son escasas y las carreteras peligrosas, el empotramiento garantiza excelentes historias e imágenes y un cierto grado de protección. ¿Una forma de control? La era de Internet es el antídoto. Solo es información veraz desde más ángulos.
Los norteamericanos son extremadamente profesionales con la prensa. Entienden su trabajo y su responsabilidad como militares ante la sociedad civil que les paga y sostiene. Vietnam les enseñó cómo se pierde una guerra desde la información. Todos los periodistas que se empotran eligen a los estadounidenses y, a veces, a los británicos. Los otros ejércitos con tropas en Afganistán prefieren mantenerse lejos de las miradas de los periodistas y ocultarse ante sus opiniones públicas. Sabrán por qué.




Kabul 14/08/2009
Hoteles, Kapuscinski y la competencia
El enviado especial de EL PAÍS explica la importancia del alojamiento en zona de guerra y la necesidad del compañerismo

Ryszard Kapuscinski tenía una manía en sus viajes: personalizar la habitación del hotel en la que iba a pasar tiempo durante una cobertura informativa. A veces, le bastaba con desplegar unos pocos objetos por la mesilla de noche y la mesa de trabajo para que ese lugar extraño, frío e impersonal empezara a transformarse en un sustituto del hogar capaz de que mitigar la soledad.
En una zona de conflicto, elegir bien el hotel es esencial: puede salvar la vida y hacer agradable el trabajo. La electricidad para el ordenador y los cargadores de las cámaras siempre son más importantes que el agua.
En Kabul, los periodistas extranjeros se han repartido en hoteles pequeños. Todos huyen de los grandes como el Intercontinental y el Serena porque existe la sensación de que los talibanes van a intentar algo sonado dentro de Kabul antes de las elecciones. Se suceden las bromas sobre la cercanía de las habitaciones a los muros exteriores y la exposición de su inquilino a un posible coche bomba. El humor negro es una forma de espantar los miedos y de pasar el rato. Aunque las nuevas guest house están haciendo su agosto, se mantienen en unos precios aceptables. No hay inflación de avaricia. Después lo compensan con algún exceso en el cobro de las cervezas turcas Effes Pilsen.
El mío dispone de aire acondicionado, agua más o menos caliente (aunque tiene sus momentos: de repente helada; de repente, ardiendo), buena conexión wifi y televisión por satélite en la que es posible ver todos los canales árabes del mundo, que tienen su punto cuando te acostumbras.
Recuerdo la primera llegada al Holiday Inn de Sarajevo en abril de 1993. Dos de las cuatro fachadas eran inservibles, pues daban al frente: habitaciones quemadas, ventanas arrancadas de cuajo, agujeros de bala en las paredes. En las otras dos fachadas vivían los periodistas extranjeros. No había agua ni luz (ni ascensores) y los precios competían con los mejores hoteles de París. En aquella época transmitir una crónica era una pesadilla. El periodista debía dedicar varias horas al proceso. Las agencias de prensa extranjera disponían de satélites, entonces unos aparatos enormes que necesitaban de varias personas para moverlos, a los que sacaban gran rentabilidad: 40 dólares el minuto. Este periódico se dejó un buen dinero en aquella cobertura informativa que duró tres años y medio.
Los hoteles de periodistas tienen cierto sabor, pero no se parecen al de El Americano Impasible. La realidad siempre se queda corta frente a la imaginación de Hollywood, al menos en ciertas cosas. Se bebe poco, al menos en sitios como Kabul, y se habla demasiado. Cada uno cuenta sus batallitas, que son las mismas de la última cobertura. Nadie menciona sus reportajes en marcha ni de las crónicas a punto de cocción. Sólo se charla de lo ya publicado. Hay un compañerismo que supera las diferencias ideológicas y empresariales de los medios y suele haber ayudas en las desgracias informáticas. La competencia no es poner zancadillas.
Recuerdo una anécdota de dos célebres periodistas deportivos norteamericanos que siempre coincidían en todos los eventos. Una vez, uno de ellos llegó tarde al partido, quizá de béisbol, por un problema de tráfico. Tras sentarse, preguntó al compañero: "¿Me he perdido algo?" El rival informativo le narró con detalle todo lo que había pasado. Sorprendido por su generosidad, dijo: "¿Por qué me lo cuentas todo tan bien si somos competencia?". El primer periodista le miró, sonrió y dijo: "La competencia, querido, empieza en el momento en que nos ponemos a escribir".


Kabul 15/08/2009
Los niños que quieren ser médicos
El enviado especial de EL PAÍS relata la situación de los jóvenes y niños en Kabul

La ciudad vieja de Kabul, al otro lado del monte de la televisión, huele a polvo y arena. En 2001 parecía Grozni o Dresde: una alfombra de edificios derruidos en los que no cabía una bala ni un muerto. Ocho años después han surgido viviendas y mansiones de nuevo rico y pésimo gusto (milagros en un país que produce el 93% de la heroína mundial), que con sus ventanas reflectantes verdes parecen platillos volantes a punto de despegar. Ojalá lo logren.
Cerca de la universidad, en la que en los años setenta estudiaron la mayoría de los criminales de guerra que después destruyeron la capital y el país, se halla el cine-teatro de Kabul. Solo queda en pie su esqueleto y la memoria de unos pocos. Eran tiempos de pobreza y tolerancia en los que se veían películas indias en tres pases por día y la gente se agolpaba en el exterior para comprar su entrada. Hoy solo quedan las sombras, la pobreza y una sensación colectiva de que nada volverá a ser como antes.
Detrás del cine, que pronto desaparecerá para dejar paso a una calle más ancha en dirección a ninguna parte, se divisa un parque de escombros presidido por un viejo ministerio de la época soviética. Ahora, es el lugar favorito de los jóvenes para fumar algo más que tabaco y para jugar a la ruleta rusa con las jeringuillas prestadas. Su hora de despegue es el atardecer, un mal momento para darse una vuelta. Los clientes andan escasos de dinero y sobrados de ansiedad. Parece un túnel del tiempo.
Bagha Bala escala por una ladera del monte que divide la ciudad vieja de la nueva. El barrio se concentra en una red de viviendas ilegales. Parece un proyecto de las favelas de Río de Janeiro. En ese arrabal tan pobre muchos niños quieren médicos. Dicen los adultos que es influencia de una serie india que causa furor en las parabólicas de Kabul. Una idea para la nueva estrategia de Obama en Afganistán: la buena televisión podría hacer más por cambiar la mentalidad que 100.000 soldados estadounidenses vestidos en Coronel Tapioca pegando tiros por el Valle de la Muerte, fronterizo con Pakistán.
En casa de Amin Yusuf he conocido a su mujer Gul Makai. Llevan 45 años casados. Su relato está repleto de fuerza y dignidad. Y esperanza. Amin dispone de 120 dólares mensuales para alimentar a una prole -entre hijos, nietos, sobrinos y añadidos- de 45 personas. Gul Makai ha conversado con el extranjero y le ha dado la mano, prueba de una enorme aceptación. Al llegar a su casa se ha quitado el burka azul con el que sale a la calle y se ha colocado un pañuelo blanco sobre el cabello. Su nieto también quiere ser médico. Incluso a su edad, 12 años, sabe la especialidad: internista. "Lo que sucede es que ven a los médicos y enfermeras llevar una vida normal y quieren ser como ellos".
Gul Makai es la encargada de hacer juegos malabares con las finanzas de la casa. Podría ser ministra en el país de la corrupción y el dispendio. Se casó a los 15 años. Su madre, como manda la tradición, le eligió marido. "Creí que se trataba del hermano, que es de piel oscura y muy feo. Un día vi a Amin en su coche y mi madre me dijo: 'Ese es tu esposo'. Creo que de la alegría me dio me enamoré enseguida. Llevamos 45 años juntos y pese a que somos muy pobres he sido muy feliz".



Kabul - 16/08/2009
El bar que odian los talibanes
El enviado especial de EL PAÍS relata el ambiente que se vive en las calles y locales de Kabul

Rugula tuvo poco trabajo ayer en la barra de L'Atmosphere, el bar-restaurante de Kabul que los talibanes han señalado como candidato a ponerle una bomba. Para los radicales se trata de un antro de perdición intolerable: vende alcohol y las mujeres occidentales se desvisten hasta el bikini para sumergirse en la piscina y combatir el calor seco de esta ciudad. Tras el atentado en la puerta del cuartel general de la OTAN, los extranjeros, que son los clientes habituales de L'Atmosphere, no estaban para bromas y decidieron quedarse en sus casas.
El barman mata el aburrimiento navegando por Internet sentado bajo un cartel en el que se anuncian algunas de las excelencias de la casa: mojito y Bloody Mary, todo a 350 afganis, algo más de siete dólares. Rugula asegura que L'Atmosphere nunca ha tenido problemas desde que se inauguró en 2003 y que no hay miedo a los talibanes pese a las amenazas: "En Kabul hay muchos los objetivos posibles".
En la calle, un retén de policía y un par de guardas de seguridad afganos vestidos de civil reciben al extranjero. No hay carteles ni anuncios. El acceso al restaurante parece arrancado de las películas de Chicago de los años 30. Tras golpear con los nudillos se abre la mirilla de la puerta de hierro y en ella asoman unos ojos que escrutan al candidato. Una vez al otro lado, el hombre revisa sin exceso de celo la mochila y cachea el cuerpo del candidato a cliente. "Lo siento", dice a modo de disculpa por las molestias causadas cuando termina. El extranjero responde algo pomposo: "Es por nuestra seguridad".
Tras pasar este segundo control hay que caminar por una especie de túnel dentro de un contenedor protegido por una variación de sacos terreros. Un tercer guarda franquea el paso a un hermoso jardín repleto de mesas puestas con elegancia y butacones tapizados en rojo. Hay árboles, pero no clientes. Resulta un sitio agradable. Huele a besos furtivos y a pecado. "Hoy no ha venido nadie", explica Mohamed, que trabaja de camarero. "Es por la bomba. Normalmente a estas horas muchas mesas están ocupadas".
Un hombre delgado con pinta occidental lee un libro despreocupadamente delante de la piscina. Parece Clint Eastwood antes de un duelo. Un par de trabajadores de la casa siguen en la televisión la noticia del ataque contra la sede de la OTAN. El aparato de treinta y pocas pulgadas es más pequeño de lo que aseguraban algunos de los amigos que acuden al restaurante para ver partidos de Premier y la Liga española. ¿Fútbol? ¡Otra depravación a añadir en la lista de los intransigentes! Cuando ellos mandaban en la capital antes de 2001 prohibieron todo: cine, televisión, música y el vuelo criminal de las cometas. Rugula comenta que además del alcohol, a los talibanes no les gustan los extranjeros.
La Unión de Cortes Islámicas hizo lo mismo en Somalia al conquistar Mogadiscio en junio de 2006. Tras imponer la paz por las armas, algo que agradeció una población exhausta sometida a la guerra desde 1991, empezaron a tirar de boletín oficial islámico para prohibir todo. Nadie dijo nada de los excesos rigoristas hasta que vetaron las retransmisiones de los partidos de fútbol. Mal asunto durante el Mundial de Alemania. Hubo manifestaciones y algunos muertos. Este tipo de silencios selectivos también se dieron en el Afganistán de los talibanes pero afectaron a Occidente. Hubo más protestas por la voladura de los budas de Bamiyan que por el trato denigrante de la mujer. Lo llaman sensibilidad cultural.



Kabul - 17/08/2009
Oficios de pobreza alrededor de un Kebab
El enviado especial de EL PAÍS echa un vistazo a los tipos alrededor de cualquier restaurante de Kabul

Los restaurantes de comida afgana en Kabul no tendrían mucho éxito en España y hasta es posible que las autoridades sanitarias los clausuraran por falta de higiene. Se trata de un problema de umbrales. El de la pobreza, por ejemplo: el 42% de los afganos vive en la miseria. Para muchos ya es un milagro poder cenar el nan-i-afghani (pan afgano) acompañado de una taza de té negro. Los pinchos de Kebab, sean de cordero, ternera o pollo, de los comedores públicos son un lujo inalcanzable. Comer cuesta 250 afganis (cinco dólares). También hay un problema de percepciones: lo que al Primer Mundo le parece sucio al Tercero le resulta un delicatessen.
Por alguna razón -económica o de soledad, quién sabe- los comedores públicos afganos tienden a agruparse en calles concretas haciéndose la competencia codo con codo. Se distinguen por la suma de las humaredas que levantan los encargados de girar los pinchos hasta lograr el punto de brasa exacto. Todo un arte. No hay extranjeros debido a la psicosis de miedo creada por los expertos en seguridad, una de las profesiones del mundo que generan más inseguridad. Los clientes de las mesas cercanas buscan en seguida conversación con el recién llegado. No se percibe hostilidad alguna. Comen con los dedos de la mano derecha ayudados de trozos de pan. Los que proceden de las provincias se sientan sobre la silla en cuclillas, como si estuvieran en el suelo. No se vende alcohol. El aparato de televisión sólo sirve para escuchar música con el volumen alto. La cantante con menos ropa es de Tayikistán, que debe ser el Perpignan de los tayikos afganos.
Alrededor de estos restaurantes se mueve empleo indirecto. Decenas de niños dejan de ir a la escuela para fregar los coches que aparcan a cambio de 50 afganis (un dólar). Otros niños venden chicles de marca norteamericana, pañuelos de papel y tarjetas de telefonía móvil sin tener mojarse las manos. Son la clase media de la pobreza. Junto a ellos, una nube de mendicantes, la mayoría mujeres cubiertas por el burka.
Nadie intenta dar limosna a la que entra en el restaurante. Es como si fuera un fantasma azul. Tiene las uñas pintadas de un rosa descolorido por el tiempo. Un comensal le ofrece dos trozos de pan afgano y un cuenco con judías. La mujer de las manos jóvenes lo coge y musita: "Thank you".
Un policía se balancea chulesco por la acera. Viste una camisa blanca que debe de hacer semanas que no conoce jabón. Muestra una prominente barriga, como casi todos los policías de tráfico. En eso existe una gran uniformidad. Gana el equivalente a 40 dólares al mes y en esas rondas cerca de los restaurantes trata de arrancar una pequeña mordida con cualquier excusa. A veces no es necesario descubrir una falta porque el dueño del negocio lo invita a pasar. El agente debe de llegar hambriento porque con la primera cucharada de sopa se ha echado encima una mancha que al limpiarla se ha extendido. El hombre que se sienta a mi lado encoge despacio los hombros como si ese movimiento llevara escrito todo un discurso sobre Afganistán, un país destruido por 30 años de guerra y siglos de ignorancia y fanatismo.




Kabul - 18/08/2009
El niño del zoo quiere volar
El enviado especial de EL PAÍS visita el zoológico de Kabul, el único sitio de Afganistán donde sus pobladores no saben de la guerra

El zoológico de Kabul es tan pobre como el país que lo acoge. El taquillero Freidum está sentado al otro lado de la ventanilla sobre una silla desdentada. Extiende ceremoniosamente dos entradas como si en ese gesto descansara la esencia de un Estado que se esfumó. Sonríe tras ser acusado de discriminación positiva: el acompañante local paga 10 afganis (20 centavos de dólar) y el extranjero, 100 (dos dólares). "Los viernes vendo más de 1.500 entradas; el resto de los días viene menos gente", explica. "En la época anterior, los talibanes venían mucho a ver los animales, pero siempre sin sus esposas. En eso han cambiado las cosas, ahora vienen mujeres con sus hijos".
Nada más entrar se alza la estatua imponente del león Marjan, la estrella del zoológico durante décadas y que aún lo es siete años después de muerto. Era el símbolo de la ciudad, un superviviente de todas las guerras y de todas las hambrunas. Su físico representaba la imagen de un país mutilado: cojo y tuerto debido a una granada de mano que le arrojó un joven para vengar la muerte de su hermano, un idiota que días antes saltó la verja y bajó a importunar a Marjan, que se lo tomó como se toman los leones estas cosas: mal.
No hay muchos animales. Es la hora de la siesta y los pocos que se mueven en sus jaulas merecerían la atención de alguna ONG. El zoo tiene gansos, gacelas, cabras, un nuevo león que, dados los precedentes de Marjan, sale poco a su jardín, buitres, lobos y monos. Éstos son los únicos que no parecen darse cuenta de la situación ambiental, dedicados a subir y bajar a la carrera de sus falsos árboles mientras alguno despistado aprovecha para rascarse la entrepierna con ritmo. Tampoco los ocho osos que juguetean por un canal de agua sucia saben que esto es Afganistán, que el jueves se celebran unas elecciones históricas -como todo lo que sale por la televisión global- y que los talibanes han amenazado con volar todo lo que se pueda volar.
Junto a la jaula del mono pajillero se encuentra Omar, un aguador de 10 años. Se mueve entre los visitantes ofreciéndoles agua en un vaso viejo de latón. En la otra mano lleva un termo que llena cinco o seis veces. Le funciona la sonrisa. Omar cobra un afgani por trago. En los días buenos consigue una caja de 15 (30 centavos de dólar). Para lograr esta fortuna que lleva a casa para ayudar a sus padres necesita cinco horas de trabajo. A la una se va al colegio hasta las cuatro. Le gusta estudiar porque quiere ser piloto de aviones. Cuando se le pregunta qué países le gustaría visitar, responde con una sonrisa aún mayor: "¡Panshir!", un hermoso valle cerca de Kabul. ¿Y más lejos que el Panshir? Omar deja en el suelo su termo de agua, se rasca la cabeza consciente que el momento es grave, y dice: "No sé qué hay más lejos".


Kabul 19/08/2009
Furia religiosa contra el cine
El enviado especial de EL PAÍS regresa al Parvan Cinema de Charicar, abandonado y decrépito recuerdo de otra época

En Charicar, un bullicioso pueblo tayiko a los pies del valle del Panchir, es día de mercado. En víspera de la fiesta nacional afgana, que se celebra hoy, hombres, mujeres y niños ocupan sus calles como otros hombres, mujeres y niños del Primer Mundo ocupan las suyas limpias y asfaltadas en los días previos a la Navidad. Estos, con su pobreza absoluta y un halo de dignidad; nosotros, con una insoportable desmemoria sobre la nuestra, que es de antes de ayer.
Los vendedores de Charicar no vocean la mercancía, que debe ser de mala educación. La exponen en sus locales, unos diminutos cubículos de hierro. Los comercios de las especias perfuman la calle de aromas exóticos en un duelo intenso y secreto con los aceites y gasolinas de escasa calidad que escupen los coches al pasar. Hay relojeros, barberos, zapateros, fabricantes de ollas, carniceros, cambistas... Decenas de oficios que comparten metros y bullicio.
Dos policías que protegen el mercado no parecen nerviosos por las explosiones de Kabul, inmersos en el estudio científico de la mejor manera de coronar su todoterreno artillado con una enorme sombrilla de colores. Debe ser que en asuntos de guerra, la solana nubla la vista y yerra los objetivos. Que se lo digan a los pilotos de los aviones estadounidenses.
Hay trajín en la parada de los carromatos coloreados que sirven de taxi de distancias cortas. En las tiendas del lado izquierdo se empeñan en ofrecer a la venta unas cuerdas verdes que nadie parece comprar.
Más arriba, alejándose de las especias y los tubos de escape, se llega al Parvan Cinema. Es el único cine de Charicar. Fue destruido por los talibanes hace 10 años y así sigue, roto, abandonado y decrépito, sin que ninguna organización gubernamental o extranjera considere importante su rehabilitación. En un país con tanta guerra, pobreza, desempleo y machismo parece una provocación fomentar los sueños de gentes a las que les pesa tanto la realidad.
El patio de butacas, que tenía capacidad para 400 personas y desde el que se vieron grandes películas indias y alguna estadounidense menor, como Rambo, es un amasijo de sillas oxidadas a las que les robaron la madera. Fueron pateadas una a una en 1999 por la furia religiosa y rociadas después con gasolina por los hombres del turbante. Hoy todo huele a orín, excrementos y basura.
En el anfiteatro donde se situaban las mujeres sin la burka para no ser observadas tampoco queda rastro de los viejos proyectores rusos que hace ocho años trataban de reconstruir Jasralá y Kajam, expertos en reparar aparatos de radio. No hay noticias de ellos. Ni de Anwar, que acabó en prisión por el delito de poner películas. En las tres sesiones diarias del Parvan Cinema la gente se agolpaba en los pasillos. Recuerdo que Kajam contaba entonces cómo algunos de los espectadores trataban de escapar espantados de lo que sucedía en la pantalla por miedo a ser pisoteados por un elefante.
El Parvan Cinema fue también teatro-escuela infantil. Los niños y niñas de las escuelas acudían a representar sus pequeños dramas y comedias y a entonar sus himnos patrióticos. Hoy nadie aprende a cantar y a soñar. Parece que todos en Afganistán se cansaron de tener esperanza en un futuro que nunca llega.

NOTA: CONSULTAR LOS DIAS SIGUIENTES, EN EL DIARIO EL PAIS, DE MADRID, LOS CONTENIDOS DEL DIARIO.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada